El propósito de publicar esta Carta para ANA, obedece a la necesidad de discutir la pertinencia de los organismos gremiales bajo los esquemas actuales, entre los que se encuentra la Academia Nacional de Arquitectura Capítulo Guadalajara (ANA) —fundada por Julio de la Peña en el año de 1990—, un organismo dependiente de la Academia Nacional de Arquitectura con sede en la Ciudad de México.
A la citada academia pertenecí de 1994 a 2007, año en el que decidí separarme en forma definitiva, ya que se trata, desde mi perspectiva, de una institución que continúa resistiéndose a cambiar y reorientar sus objetivos por otros distintos al de un colegio de arquitectos, lo que le impide ser útil a la sociedad con el impacto que, sin duda, algunos de sus miembros desean.
De ANA, mantengo aún la opinión vertida desde entonces, a pesar de las aparentes intenciones de alguno de sus presidentes por cambiar el estado de cosas hacia otro coherente con el propósito académico y principal de la organización, y por incidir en forma trascendente no sólo en la vida del organismo, sino en la vida de las futuras generaciones de arquitectos y de la ciudad, para lo cual requiere, de sus integrantes, aportaciones profundas e interesadas en hacerla viable y saludable para todos, desde los diferentes ámbitos del conocimiento y la práctica profesional de la que, por cierto, ya se encargan los colegios de arquitectos. Corresponde a la Academia, en consecuencia, hacer aportaciones desde la investigación, la teoría, la ciencia y la reflexión profundas, en suma, desde la generación del conocimiento, que posibiliten un debate más profundo y fundado sobre la arquitectura, la ciudad, o mejor aún, sobre la metrópoli.
Recordemos que, en su inicio, la palabra academia designaba “un cuerpo de profesores, una escuela donde se profesaba un ramo de enseñanza, especialmente de lo que se llama facultad mayor”,1 aunque ya existía también la Royal Society de Londres (1660), un club privado de élite, donde sus miembros, filósofos naturales y científicos de otras áreas del conocimiento —en particular de lo que en la mitad del siglo XVII, época en que fue fundada, se denominaba “Nueva Filosofía” o “Filosofía Experimental”—, pagaban cuotas a diferencia de los miembros de las academias públicas que eran subensionadas por el Estado, como la francesa. No olvidemos tampoco que, en el mundo contemporáneo, “el término academia se usa, en términos genéricos, como sinónimo de mundo intelectual, sobre todo para referirse al universitario (que ha vuelto a ocupar un lugar central en la ciencia y la cultura)”,2 o al profesionista si nos atenemos al Diccionario de la lengua española que registra como una acepción más del término: “Establecimiento docente, público o privado, de carácter profesional, artístico, técnico, o simplemente práctico”.3
No obstante, en cualquiera de los casos mencionados los integrantes de las academias se caracterizaban, y se caracterizan aún, por ser estudiosos de un tema específico, ya sea cultural o científico, y por difundir su pensamiento y los resultados de sus investigaciones a través de sendas disertaciones y textos académicos, en lo que tienen cabida las obras de arquitectura, pero, más que las obras per se, los fundamentos, teorías y metodologías en las cuales se basan sus autores. Algo difícil de llevar a la práctica en el actual organismo, aunque no imposible, debido a que se encuentra prácticamente integrado, en su mayoría, por profesionales de la arquitectura y la construcción con un bajo nivel de participación en estos temas, lo que les impide cumplir y hacer cumplir el destino declarado de la institución.
Un organismo académico, como pudiera llegar a ser la ANA, es necesario para cualquier sociedad; sin embargo, para que la actual institución pudiera estar en condiciones de encarnar esa clase de organismo, es indispensable que sus miembros actuales: 1) Entiendan cuál es el propósito de una academia, 2) Realicen una evaluación del organismo a partir de su fundación; 3) Definan el perfil del académico al que aspira la institución (que tendría que ser obviamente distinto al de un colegio de arquitectos) y, 4) Renuncien a la membresía todos aquellos que no encajen con el nuevo perfil y el compromiso que implica pertenecer a una Academia (con mayúsculas).
Con esto, estarían demostrando su interés en que la ANA trascienda su misión, y ayudarían a modificar la idea colectiva que la reconoce desafortunadamente como un club privado (muy alejado por cierto del concepto de la Royal Society de Londres), de poca o nula utilidad gremial y social, moralmente cuestionada, poco atractiva y una decepción para quienes desean abordar los temas de la arquitectura y la ciudad desde una perspectiva distinta y necesaria. Lo que, sea dicho de paso, no los hace superiores a ninguna otra persona sino complementarios en el objetivo común de hacer de la ciudad un espacio privilegiado de convivencia para todos: un desafío para la administración que recién empezó a ser dirigida a finales del 2010, por un profesional preparado y de buena fe.
Pie de página:
1. Wikipedia.
2. Opus, cit.
3. Diccionario de la lengua española.
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