

Imágenes de Tlacotalpan, Veracruz: ©JLV, 2011
Por Rafael Barajas
Académico del ITESO
23/11/2011
En el lenguaje de la arquitectura, uno se introduce al mágico y misterioso mundo de las historias contadas con imágenes; la ontología de una película es el transcurrir de la fotografía, del movimiento secuencial que nos cuenta una novela, una parodia o un cuento fantástico, que se ve con la vista pero que se disfruta con la mirada del observador que recorre memorias, connotaciones o referencias emocionales…, intelectuales hasta la sorpresa o el aburrimiento. Son las venturas y desventuras de los productos diseñados para ser vistos. Algo similar ocurre en la arquitectura que nos va relatando, en un recorrido de percepción, una historia con referencia a la luz y al color.
Así, en primer término, descubrimos que una visión se compone de dos partes (como todo lo existente en este mundo dual y paradójico): una cosa es la sensación que se encuentra en el sentido de la vista y ejecuta el ojo, y otra distinta es la mirada. El ojo ve, pero la mirada lee con los elementos cognitivos y sensibles de la cultura del lector y del observador. En este punto, las apariencias jamás engañan, es el sujeto cognoscente el que mira a la apariencia con el cristal de su cultura; por lo que es él, en todo caso, quien se engaña con su propio cristal cultural. El ojo es receptor de sensaciones luminosas que nos llevan desde la oscuridad hasta el deslumbramiento visual. La mirada, son acciones; como revisar, leer, escudriñar, exigir y contemplar. En esto consiste la importancia de saber observar.
Con respecto a la información retenida por la mirada, esta es valorada por quien mira para responder a través de las emociones: me gusta o no me gusta; esto significa que los estímulos en la retina y su valoración aplicada en la experiencia, así como la actitud del que mira hacia ella, provocan una respuesta placentera o de aversión.
Es en este punto de la luz que se manifiestan los colores básicos y puros (algo difícilmente de lograr en los materiales físicos): el rojo, el azul y el amarillo; sus mezclas tonales barren un espectro cromático que es donde se dan los colores secundarios: el púrpura, el verde y el naranja.
Entre la luz y el color, se encuentra la relación entre el punto de atención y el fondo. Cuando se distrae la mirada, el punto de atención se difumina, esto es, se pierde la capacidad de observar un punto u objeto especifico y se vuelve a barrer la mirada una y otra vez hasta lograr el control y ubicar el punto de atención. Esto, no es extraño que ocurra en la arquitectura y mucho menos en la mexicana que está ávida de color y provocación visual. En esta arquitectura, no se escatima el manejo del color. Esto se puede constatar en las obras arquitectónicas populares, como en Tlacotalpan y Veracruz, o de Luis Barragán y Teodoro González de León, entre otras.
El juego de la luz y el color aplicados en los muros dan la palabra al lenguaje y significación a la arquitectura; además, señalan e indican, al valorar sus elementos, la forma y la función del objeto arquitectónico.
Los colores, contienen poder debido a que generan una reacción física ante la sensación que nos producen, independientemente del gusto o disgusto que experimentamos hacia ellos. En cada persona provocan una reacción totalmente diferente e inconsciente, debido también a diversas asociaciones que tienen relación con la naturaleza. Los colores son utilizados en ciertos edificios según el uso que se quiera estimular en las personas. Por ejemplo, amarillos y naranjas, para los restaurantes como un estímulo al apetito; verdes, para los hospitales, como sedante y relajante; y fríos azules, para la publicidad dirigida hacia la tecnología y lo relacionado con lo psicológico, etc.
Una división de los colores pudiera ser la aparente temperatura, entre cálida y fría, que estos expresan desde el punto de vista psicológico. Los primeros están integrados por el amarillo, el rojo y el naranja; los segundos, por el verde, el azul y el violeta. Otra división de análisis de los colores pudiera estar basada en su cualidad de capturar los rayos solares: los colores claros se reflejan desde los objetos en que se encuentran aplicados, en tanto que los colores oscuros son absorbidos por los mismos objetos. A esto se debe, por ejemplo, que a los calentadores solares se les aplique el color negro y a los tanques de gas el blanco y el plateado. En cambio, el amarillo, por su alto contraste con el negro y las sombras, es útil para los señalamientos de tránsito; el rojo, para la señalética como lenguaje con connotaciones de peligro y sangre así como para representar las pérdidas económicas de una empresa; por su parte, los colores verdes se refieren a los productos orgánicos y así en general ocurre con el resto de ellos. Asimismo, los colores tienen poder de comunicación, pues son una referencia para las normas internacionales y un símbolo en algunas culturas: Frida Kalo, por ejemplo, acostumbraba decirle a Diego Rivera en forma poética: “Déjame ser esa mancha verde en tu mar rojo”. Y es que, el rojo, tiene un aspecto más vivo si tiene de fondo el verde; así, la complementación de los colores puede manejarse en proporciones para que no rivalicen y en efecto soporten y maticen a otro color. En efecto, el color tiñe la poesía de referencias emocionales, como lo es el uso del color azul para aludir a la melancolía o el rojo para la ira o el amarillo para la envidia: “Se puso amarillo de envidia”, dice el refrán popular.
Opuesto a lo anterior, en arquitectura el blanco representa la ausencia agresiva del color, en tanto que el negro significa la ausencia raramente utilizada; en especial, en ciudades como México caracterizadas por el uso policromado de su arquitectura o, como ocurrió en el Centro Histórico después del sismo del 95, de colores tierra o marrones cuyas combinaciones, a decir de sirios y troyanos, o bien generan una rivalidad agresiva entre colores o una sabia combinación que los complementa. Como lo hacen los grises al servir de fondo para resaltar los colores vivos. La armonía se obtiene cuando el estado emocional está satisfecho y en armonía con el estado de confort y bienestar. Los colores complementarios se remiten unos a otros. Estas reflexiones son una serie de referencias sobre lo que el ojo es capaz de producir en el ser humano, sobre su función en el arte en lo general y en la arquitectura en lo particular.
Finalmente, se sugiere al lector, recurrir a la obra de los arquitectos que han seguido la llamada Escuela Tapatía de Arquitectura a partir de la última etapa de la obra de Luis Barragán, en la que observarán, a través de la utilización creativa del color, un gusto y una educación visual singulares.
Notas:
La palabra azul proviene del árabe lazurd. En la etimología griega es ciano; el color es sacado del añil o índigo, planta indigofera. En griego el color rojo se denomina erythrós, por lo que derivan palabras bajo esta raíz lingüística. El rojo que se denomina a su vez magenta es derivado del color de la sangre derramada en una batalla en la localidad de Magenta, Italia. El amarillo en griego es icte, por lo que muchas palabras derivan de esta raíz (ictericia por el color de la piel de los enfermos).
