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Sobre señalética

Señalética en Zapopan y anuncio en la Basílica. Imágenes: JLV, 2004.

Por Rodolfo Encarnación
Académico del ITESO

 
El objetivo de esta visita extraordinaria al Centro Histórico de Zapopan nos permite (a los profesores) proveer a los alumnos de una serie de apreciaciones y precisiones que éstos registran desde su propia perspectiva permitiéndoles, en base a esta experiencia, establecer los grados de sensibilidad y concienciación necesarios para sus futuras propuestas y proyectos.

Durante el trayecto y mientras caminábamos, fueron señalándose las características del entorno: la oportunidad de espacios desaprovechados, la diversidad de texturas y colores, las fachadas (algunas con mejor mantenimiento que otras), el uso del suelo, las áreas jardinadas y especialmente las diversas actividades de sus moradores. El arquitecto Petersen, vecino del lugar, describió, de manera amena, cómo algunos personajes daban o dieron vida a la colonia ofreciendo sus mercaderías cotidianas. En el lugar, existen casas con generosos terrenos y se vive tranquilamente en un entorno arbolado y de calles empedradas, lo cual tiene dos ventajas: por un lado reduce de manera natural el tráfico y la velocidad de los vehículos y, en otro sentido, permite la recarga de los mantos acuíferos en la época de lluvias sin pasar por alto la temperatura ambiental.

En relación a la señalética y anuncios publicitarios constatamos que no se tiene una norma que permita establecer orden y buen criterio para la instalación de los mismos. Existe no sólo aquí, sino en general, una anarquía y contaminación visual, producto del oportunismo y escasa o nula cultura del diseño.

La señalización vial en la zona —una práctica tan empírica en el fondo y tan redundante en la forma y la técnica de su utilización— ha evolucionado más tarde con la aplicación del principio de señalizar, atendiendo necesidades menos genéricas y más particulares de información instantánea. La proliferación de la movilidad social, de los servicios públicos y privados, y del sistema de consumo de libre concurrencia, llevaron el principio de señalizar a desarrollar programas para necesidades específicas que son el objeto de la señalética.

La movilidad social no se manifiesta solamente en las autopistas; la complejidad de la vida contemporánea no está presente exclusivamente en la circulación rodada y peatonal. Es la misma organización social, con sus instituciones, sus comercios y con la cantidad y variedad de servicios que ofrece, la que interpone una serie de «escenarios» sucesivos en la trama de la vida cotidiana, que los individuos están obligados a atravesar, a circular en ellos y realizar acciones y operaciones diversas, no siempre sencillas.

Así nace, por necesidad, una serie más evolucionada de sistemas de información y orientación en el espacio y en las cosas: la señalética. Estas necesidades son las que definen su naturaleza, sus características y sus funciones, las cuales se analizan tomando como referencia su práctica antecesora: la señalización vial. El paso de la señalización a la señalética, así como cada uno de sus dominios, es de hecho un fenómeno de la complejidad social —en su sentido más literal— y de la comunicación de informaciones, la cual deviene una necesidad cada vez más importante y, precisamente por eso, demanda soluciones de más en más sofisticadas.

Señalizar es poner señales improvisadas o prefabricadas al espacio o cosas, partiendo de situaciones conocidas a priori. Señalética es un lenguaje desarrollado de signos específicos y, a la vez, el conjunto de criterios para su concepción y aplicaciones cuya característica principal es la adaptación a problemáticas precisas, siempre relativamente diferentes. Si bien el sistema señalético se funda en la señalización (marítima, ferroviaria y vial sobre todo), la extiende y la adapta a muchos otros dominios, universalizándola.

Al contrario de la señalización, la señalética se ocupa de programas específicos para problemas particulares. El diseñador señalético, ¿va a hacer todos los centros comerciales iguales, todos los aeropuertos iguales, todos los bancos iguales de la misma manera que todas las señalizaciones viarias son iguales con independencia de cual sea su entorno? Si cada arquitectura crea un entorno propio (comparemos el aeropuerto de los Ángeles y el de la Ciudad de México) y se impone con una personalidad particular, ¿la simbología señalética debe discurrir al margen de esta personalidad por imperativos normativos o debe integrarse y formar parte de esta personalidad arquitectónica y ambiental? Como podrá verse, la respuesta no es simple y debe buscarse en las principales premisas de la señalética. La señalética debe identificar unos determinados lugares y servicios (primero externamente, y luego al interior) y facilitar su localización en el espacio arquitectónico, urbanístico, etcétera. Esta información debe permanecer abierta a las motivaciones y necesidades de los usuarios a cada instante. En todo caso, debe dejarlo en libertad de decidir utilizar o no estos servicios, cuáles y en que orden, ya que serán los de sus propias preferencias o urgencias. Cada lugar tiene una morfología o una arquitectura determinada, casi siempre preexistente al proyecto señalético o que ha sido concebida, en la gran mayoría de los casos, con independencia de la futura aplicación señalética. El problema se origina a causa de la división de las tareas (todavía el modelo taylorista) divididas en estapas, en las que la obra arquitectónica corresponde a la primera; la intervención del ingeniero y el ergonomista en la organización a la segunda fase y, a la tercera, al final, el diseñador señalético entra en escena. Esta escisión del conjunto en partes separadas es una de las primeras causas de desorden.

Por supuesto que al existir una estructura arquitectónica determinada en la mayor parte de los casos (casas antiguas), existe una notable distancia temporal entre la construcción del edificio o del conjunto y su adaptación a un servicio abierto al público. Readaptar un espacio a unos fines muy diferentes, constituye un problema serio no sólo por lo que se refiere al acondicionamiento y la organización de los servicios y el trabajo, sino porque la estructura morfológica del espacio expresa otra cosa muy distinta de lo que deberá expresar la información señalética que en él se ubica. Todas estas situaciones comportan en si mismas una notable ambigüedad para el usuario circunstancial y si la señalética no incorpora otra lectura del espacio de acción, otros datos de conocimiento, sería absolutamente difícil e incluso imposible desenvolverse en él.

Sintetizando los aspectos implícitos, señalaré que la adaptación de la señalética al medio, que es una premisa fundamental de esta disciplina y uno de los principales factores diferenciales por relación a la señalización, se diversifica en una serie de constreñimientos: el espacio, en el sentido más general del término; el espacio total y los espacios parciales en que éste se subdivide; la morfología arquitectónica o del entorno;la organización del espacio en función de los servicios que se prestan al público; las distancias de visión de los paneles señaléticos, que determinan su tamaño y contraste; la iluminación ambiente: luz natural y/o artificial, o ambas a la vez, y la imagen de marca del espacio objeto de tratamiento señalético. Por lo que se refiere a las premisas propias del sistema señalético, consideremos que la principal es la economía generalizada, en el sentido de la máxima simplicidad, tanto en el lenguaje señalético como en el número de paneles y los sistemas de técnicos de construcción y montaje.

En relación con el lenguaje señalético, es esencial la adecuada adaptación de los recursos informacionales a sus capacidades expresivas. Ciertos tipos de información requieren el código lingüistico, mientras otros transmiten con mayor eficacia por medio del código icónico. Ambos pueden reforzarse a su vez con el código cromático.

Finalmente, debe tenerse presente la existencia de unas normas internacionales precisas, que constituyen una parte importante del lenguaje señalético gracias a la extensión geográfica de su implantación y que, por eso mismo, deben ser respetadas.

 

 

 

 

 

 

 


(Izq.): Rodolfo Encarnación y Carlos Petersen asesorando
a los estudiantes del taller Cinco del ITESO.
Imagen: JLV, 2004. 

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Francisco José Belgodere Brito

 

Modesto Aceves, Francisco Belgodere y Andrea Fellner.
Foto: JLV, 2011

 

Por Modesto Aceves

Hoy nos encontramos reunidos en Casa ITESO-Clavigero, un monumento artístico de la nación y propiedad del Iteso A.C., para reconocer la labor docente del arquitecto y doctor Francisco José Belgodere Brito quien ha dedicado 50 años de su vida a la educación y 31 años a la formación de arquitectos en esta casa de estudios.

El doctor Belgodere nació en su casa paterna, en el pueblo de San Ángel Tenanitlán, Distrito Federal, el 19 de marzo de 1938. Su educación Primaria, Secundaria y Preparatoria, corrió a cargo de los hermanos lasallistas en el Colegio Cristóbal Colón de la Ciudad de México. Cursó las carreras de Arquitectura e Historia en la Universidad Nacional Autónoma de México, así como la maestría y el doctorado en Historia en la misma universidad. Cuenta también entre sus estudios con un doctorado en Filosofía con especialidad en Historia del Arte Mexicano e Iberoamericano por la Universidad Complutense de Madrid, España.

Su interés por el patrimonio cultural inició a la edad de seis años cuando fue preparado para ser acólito por un tío sacerdote que era vicario en la parroquia de San Miguel Arcángel de la ciudad de México; parroquia cuyo edificio data del siglo XVII. Según cuenta el propio doctor, nunca podrá explicar cabalmente la fuerte impresión que le dio aquella hermosa construcción, causando un efecto muy positivo en él. Era como si el edificio le llamara a conocerle, recorriéndolo incluso a escondidas, sobre todo cuando los sacerdotes supieron que se perdía en todos los rincones del templo. Sucedió entonces que a los nueve años se cayó de una de las torres hacia la bóveda, a más o menos seis metros de altura. Afortunadamente no se mató, pero sufrió doce fracturas en una pierna. Con ello según dice, lleva la impronta de lo mucho que le atrae lo antiguo, en especial el arte y la historia.

Desde muy niño, se hizo muy aficionado a leer, sobre todo, temas de historia. En poco tiempo ya se le reconocía por sus conocimientos en historia de México, sobre todo del período virreinal, aunque sus lecturas incluían también la época prehispánica y el siglo XIX. Asimismo, Belgodere, gustaba de acercarse a la Edad Media, en la que con el tiempo logró convertirse en especialista, así como sobre otras épocas de su interés, ya que una cosa le iba llevando a la otra. Cuenta que en la secundaria se burlaban de él porque siempre llevaba un libro debajo del brazo o le veían leyendo a todas horas, por lo que tuvo que soportar bromas de los compañeros que incluso le quitaban los libros, llegando al extremo de quemar uno en su presencia.

Reconocido precisamente por esos conocimientos autodidactas, un buen día del año de 1961—en que aún cursaba la carrera de arquitectura en la UNAM—,  se enteró con sorpresa  de que una buena amiga suya de la infancia lo había recomendado para dar una clase para la que no encontraban profesor. Se trataba de la clase  Seminario de la Revolución Mexicana, a través de lo cual descubrió que, lo del magisterio, era su vocación: una actividad  a la que se volcó por el resto de  su vida. Poco tiempo después de esta primera experiencia,  inició sus estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la misma universidad y empezó a dar clases en la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad Iberoamericana. Más tarde formó parte de un grupo de profesores que impartirían los llamados Cursos de Extensión Universitaria de la propia UIA, y guiarían excursiones por diferentes partes de la república, cosa que encabezaba el padre Ortolani, de la Compañía de Jesús.

Con el tiempo el doctor Francisco de la Maza (con quien mantuvo una relación de reconocimiento y aprecio mutuo) lo nombró su asistente para su cátedra en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, lo que le hizo pasar a ser profesor en la Escuela para Extranjeros de la misma UNAM, dependiente de la Facultad de Filosofía.  A partir del año 1967, la Dirección General del Profesorado de la UNAM  le otorgó una beca que concluyó en 1970. Como miembro del magisterio universitario, hizo algunos viajes por la República Mexicana,  Iberoamérica y Europa, para tomar fotografías con las cuales ilustrar sus clases de arquitectura y arte en general. A partir de 1975 fue becado por parte del gobierno español a través del Instituto de Cultura Hispánica y terminada ésta, se le otorgó otra por parte del Instituto Español de Migración, para hacer el doctorado en la Universidad Complutense de Madrid. Para ese entonces ya el 6 de julio de 1973 se había casado con María del Rosario Muradás Rodríguez, a quien cariñosamente llama Charo, con quien procreó en España a María Manuela. En España, el decano de la Facultad de Historia de la Universidad Complutense, don Manuel Ballesteros le pidió que impartiera conferencias, cosa que alguna vez hizo también don Enrique Marco Dorta, quien era el decano de la materia de Historia del Arte Virreinal Iberoamericano.

De regreso a México, fue reubicado en su antiguo puesto en la UNAM, donde por formar parte de un grupo de profesores a los que se llevaba por intercambio a otras universidades del país y del extranjero, lo enviaron a la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (cabe mencionar aquí que ya, en 1974, lo habían enviado a los Estados Unidos de intercambio). Posteriormente  le tocó venir a la Universidad Autónoma de Guadalajara y decidió quedarse a vivir aquí de manera permanente en esta ciudad por encontrarse aquí sus padres ya muy mayores.

Sus anteriores vínculos jesuitas lo motivaron a incorporarse al ITESO en donde ha permanecido a lo largo de estos treinta y un últimos años, siendo distinguido como padrino de varias generaciones y dándose a querer entre sus alumnos que le han manifestado diversas muestras de cariño y atenciones, aunque como él dice, “por como está el mundo siempre habrá algunos que no me  puedan ver.” Y al mismo tiempo que impartía cátedra en la Universidad Jesuita de Guadalajara, lo hacía en la Universidad del Valle de Atemajac y en la Maestría en Restauración de la Universidad de Guadalajara;  y desde 1986 ha impartido la clase de Arte Sacro y Filosofía de la estética a los frailes franciscanos de Zapopan.

Don Francisco, se ha dado tiempo para dedicarse también a escribir, siempre consciente de que ya es tiempo de devolver a los demás algo de lo que se le dio. Su  primer libro fue su tesis de licenciatura en la Facultad de Filosofía y Letras, publicado por el Instituto de Investigaciones Estéticas de la propia UNAM, intitulado: El retablo de San Bernardino de Siena, en Xochimilco, D.F. Estudio formal y simbólico religioso. Después siguieron: El convento de El Carmen de San Ángel, D.F., Ed. Comisión Nacional de Arte Sacro; Curso vivo de historia de Michoacán, Tomos I y II, Ed. Fímax, Editores; Catálogo de construcciones artísticas civiles y religiosas de la ciudad de Morelia, publicado por la UNAM, la Universidad Nicolaíta y el Gobierno de Michoacán, realizado junto con Esperanza Ramírez; Obispos mexicanos del siglo XX, Editado por Libros Católicos y El espíritu lo guió. Anecdotario de la vida del beato Rafael Guízar y Valencia. Ed. Libros Católicos.

Escribió también la monografía de El teatro Degollado, de la que se han editado 4 re-impresiones realizadas, las dos primeras, por el Instituto Jalisciense de Bellas Artes; la tercera por el Gobierno de Jalisco y la cuarta por  el Ayuntamiento de Guadalajara.

Otros libros escritos por Francisco Belgodere, algunos de los cuales cuentan con varias re-impresiones, son los siguientes:

Testimonios de Fe. Fundice Occidente; Personajes ilustres de Jalisco. Ed. Gobierno de Jalisco; Prólogo y notas a la Historia de la conquista de México de Antonio de Solís y Rivadeneira. Ed. Historia 16, Madrid; El mural de Zapopan. Ed. Ayuntamiento de Zapopan; El antiguo hospital de El Refugio de Tlaquepaque. Ed. Congreso del estado de Jalisco; El convento de Santa Teresa de Guadalajara. Ed. Congreso del estado de Jalisco; Ética para todos. Ed. Congreso del estado de Jalisco; Sucinta noticia sobre la historia de la música iberoamericana. Ed. Particular; Historia y geografía de Guadalajara; Ruta franciscana de Zapopan. Ed. Secretaría de Cultura del gobierno de Jalisco; Pedro Moreno, el héroe del Fuerte del Sombrero. Ed. Secretaría de Cultura del Estado de Jalisco. Y en la actualidad espera en prensa el título: Teatros centenarios de Jalisco (Degollado, Rosas Moreno y Atequiza) que será editado por la Secretaría de Cultura del Estado de Jalisco. Asimismo, ha escrito cientos de artículos periodísticos de opinión y de temas afines a su profesión en el semanario “Por Escrito” de Guadalajara, en diversos diarios de esta ciudad y en revistas nacionales y extranjeras y coordinado la edición de varios libros que no son de su autoría. Fundó y dirigió la revista de “Fundice Occidente”.

A partir de 1995, inició su trabajo en el sector gubernamental ocupando diferentes puestos de dirección, tanto en la Secretaría de Cultura como en la Secretaría General de Gobierno y en los ayuntamientos de Guadalajara y Tlaquepaque. A lo largo de veintidós años ininterrumpidos, mantuvo un programa de radio en la emisora Radio Metrópoli de Guadalajara, cada ocho días, con temas alusivos a la cultura de México. Entre sus obras de restauración se cuentan: El retablo de Xochimilco; El Carmen de San Ángel; El Carmen de Salvatierra (1ª. Etapa); El Carmen de Orizcaba (1ª. Etapa); La Profesa, D.F. (1ª. Etapa); La Santísima, D.F. (1ª. Etapa). Su altruismo se constata de manera especial al revisar que sirvió como chofer voluntario en la Cruz Roja del D.F., haciendo guardia por varios años, cada ocho días y durante días especiales del año.

El doctor Belgodere ha sido una persona muy inquieta toda su vida. Hombre de Dios, profundamente religioso, casi monacal. Melómano empedernido que gusta de la carpintería y la mecánica automotriz. Amante de los Mercedes Benz y de los buenos autos. Siempre ha cuestionado la historia oficial y ha buscado reivindicar a aquellos personajes que, como él dice, tienen leyenda negra. Ha procurado prevenirnos con singular enjundia de los peligros del imperialismo yanqui e inculcarnos el amor por México, por lo prehispánico, por lo virreinal, por lo mestizo y por lo español.

Pero más que por todos sus títulos, publicaciones y restauraciones, hoy reconocemos que a lo largo de estos años, ha dejado una huella en aquellos que hemos pasado por sus clases. Independientemente de sus conocimientos en historia o música, sus principales lecciones han sido de educación, caridad fraterna, justicia y bondad.

Permítanme aquí, compartirles un recuerdo personal: mi primer acercamiento con el arquitecto Belgodere en la universidad. Nos había aplicado el primer examen de la clase de Historia de la Arquitectura I, en el cual un servidor había sacado una buena calificación pero mi examen tenía un sinfín de acentos corregidos con pluma roja. No le di mayor importancia en virtud de que, desde hace mucho, suelo escribir con mayúsculas; pero las situación cambió cuando una compañera me hizo saber que aunque el examen ostentara la calificación puesta por el profesor, éste no la pasaría a la lista hasta que hubiésemos escrito manualmente 30 veces la regla de ortografía que se hubiera quebrantado. De esta manera fue grande mi indignación ya que yo tendría que escribir 90 renglones con las frases de “todas las agudas terminadas en n, s, o vocal se acentúan”,  “todas las graves que no terminen en n, s o vocal se acentúan” y por último “todas las esdrújulas se acentúan.”

Airado por semejante disposición obligatoria, digna de cualquier escuela primaria, me dirigí al escritorio del arquitecto a preguntarle el porqué debería escribir tantas veces las reglas de ortografía, a lo que sencillamente me contestó: “por favor”. Ante semejante respuesta, tan amable y tan educada, no me quedó sino ir directamente a cumplir con lo solicitado. Esta fue la primera lección importante que me enseñó de la vida: saber tratar bien a tus semejantes. Hoy estamos aquí para compartir con él la tarde y brindarle nuestras muestras de aprecio.

Muchas gracias doctor Belgodere por estos 50 años dedicados al magisterio y en especial por estos 31 años en el ITESO. Gracias por tu amistad, tu paciencia y dedicación, pero sobre todo, gracias por ser un hombre bondadoso y ser esa tu primera lección de vida.

Muchas gracias.

Guadalajara, Jalisco, 11 de octubre de 2011

Modesto Alejandro Aceves Ascencio

Sobre Una arquitectura del alma

Pepín Hernández Laos. Foto: JLV, 2011

 

Por Juan Lanzagorta Vallín

A raíz de la charla impartida por José Hernández Laos, Pepín, con motivo de las Jornadas de Arquitectura 2011 del ITESO, denominada Una arquitectura del alma, decidí reflexionar sobre el tema. Lo hago, recurriendo al texto escrito por el expositor en 2008 y consciente de que dicho texto no contiene la riqueza de la espontaneidad y vehemencia con la que el autor abordó el tema ante un gran número de arquitectos en formación en el auditorio Pedro Arrupe del ITESO.

En la introducción del tema, el autor hace alusión al artículo Ornamento y delito, del austriaco Adolf Loos, que ubica como el parteaguas donde la arquitectura moderna aparece en el escenario con una preocupación evidentemente centrada en el objeto arquitectónico y que, posteriormente, trascenderá hacia una preocupación por las formas de vida, la cultura y la vida del planeta; esto es, donde la arquitectura moderna aparece por primera vez como un movimiento filosófico con la clara intención de cuestionar y desvestir a los edificios de los ropajes y bisuterías del pasado, de frente a la realidad de una sociedad industrial en auge, que con el tiempo evoluciona y llega a tener en cuenta como principal preocupación ya no los estilos sino la ciudad y el entorno; responsabilidad que el autor le aduce en parte al arquitecto suizo-francés, Le Corbusier: el hombre que se atrevió a definir la arquitectura como “una máquina para habitar” en el libro de su autoría, Vers Une Architecture, escrito en 1923, lo que causó en su momento —y aún hoy en día—, grandes desacuerdos y crispaciones entre los críticos y los arquitectos en general, abstraídos entonces en la pureza de los volúmenes de la nueva arquitectura vigorosa y desafiante; un libro que el autor menciona en el texto y un arquitecto francés al que le concede también el mérito de haberle proporcionado “la clave del sentido profundo de la arquitectura.”

Bajo estas consideraciones, sin dejar de mencionar la importancia que tuvieron las instituciones en la evolución no solo de la arquitectura sino de las ciudades, como fueron la Bauhaus de Wropius y artistas como Sant´Elia y Teo Van Doesburg, Pepín entra de lleno al tema de su interés, a través de hilar con gran maestría el pensamiento de distintos e “influyentes pensadores” con el propósito de tejer y aclarar su propia visión de lo que la arquitectura, específicamente la casa en sus diferentes etapas, significa y ha aportado a la evolución de la raza humana, y cómo este concepto ha traspasado los límites del cuerpo y de la piel para transmutar en un concepto más amplio e incluyente como lo es el planeta y el cosmos inclusive.

Ted Honderich, Mircea Eliade, Gastón Bacherlard, Sir Herbert Tead, Joseph Campbell, Edgar Morin, Lao-Tse, Carl Jung, Frank Lloyd Wright, Walter Gropius, James Lovelock, Peter Russell Pierre Teilhard de Chardin y Ken Wilber, son los ilustres “invitados” a la fabricación de la madeja teórica, para producir el hilo que habrá de ayudarnos a propiciar y generar opiniones sobre el tema que plantea Pepín a través de seis conceptos claves: In illo tempore, la Casa germinal, la Casa natal, la Casa moderna, la Casa planetaria y la Casa cósmica, todo un verdadero viaje a través de la historia de la arquitectura ¿y del hombre? narrada en forma lineal o cronológica, lo que ayuda a comprender el proceso evolutivo de tal manera que sorprende lo inédito que parecen ser los conceptos esgrimidos sobre temas ya discutidos con vastedad en múltiples foros y escuelas, con otra salvedad: además del rigor histórico, el autor se expresa en forma poética y didáctica, de tal suerte que además del aprendizaje generado, logra conmover a quien lo lee y “escucha”, haciendo del momento una verdadera experiencia.

Veamos: refiriéndose al In illo témpore o tiempo ido, el autor dice: “Existe una realidad de eterno presente, donde el ayer y el mañana aún no han nacido para marcar la existencia humana. Los seres vivos, incluido el hombre, habitan el instante supremo que los unifica con el entorno en el que se desenvuelven sin otra ocupación que disfrutar de su existencia. Es el origen del alma.” Más adelante, expresa: “Como un recuerdo de su habitación en el paraíso, in illo témpore, la humanidad penetra al vientre de la Tierra para depositar en su profundidad la semilla de su conocimiento (…) En el vientre de la Tierra, el conocimiento del hombre, primero, y el fuego, posteriormente, inseminaron la oscuridad de su recinto para engendrar la Casa germinal. (Así) el hombre da nacimiento al espacio primordial que, como el devenir de las edades, se convierte en la arquitectura (…) Del arquetipo inicial de re-creación del paraíso perdido, la casa asimila la necesidad humana de encontrar respuestas para su habitación después de la muerte (…) Tal es el alcance del alma en la arquitectura, el cual se muestra con mayor evidencia con el advenimiento de la verticalidad conseguida en la Casa natal (…) La creación de las ciudades viene a ser una consecuencia de esta creciente concentración del hombre en su habitación en el mundo (…) que produce un rompimiento y una creciente pérdida del alma de la arquitectura. La Casa moderna ha nacido (…) La concentración de grandes poblaciones en el entorno industrial establece una nueva condición de ser en el mundo: se produce la separación del hombre y la naturaleza, sustituyéndola con nuevas condiciones urbanas, las cuales habrán de transformar a la casa como una máquina de habitar (…) Con la Casa moderna, el alma de la arquitectura cambia su fisonomía, su realidad de extensión viva de la condición humana (…) Pero aún existe (en la Casa cósmica) otra frontera más abierta, más extensa, tanto en el espacio como en el tiempo. Determinada por el origen cósmico de la vida (…) De tal forma, el origen del hombre está enclavado en las estrellas y este origen estelar infunde su carácter cósmico al alma de la arquitectura, al estar enclavado desde su nacimiento en la Casa germinal.”

Como lo podemos constatar, el autor logra con unas cuantas líneas centrar las premisas fundamentales de su texto justo en el corazón de la reflexión que pretende y propone discernir a sus lectores: contemplación, integración con la naturaleza, inseminación, búsqueda de respuestas a la necesidad de habitación y verticalidad en in illo témpore, la Casa germinal y la Casa natal; creación de ciudades, ruptura, pérdida del alma de la arquitectura, separación del hombre y la naturaleza en la Casa moderna. Sustentabilidad, una nueva condición del alma de la arquitectura, una Sciencia Nuova en la Casa planetaria y, finalmente, en la Casa cósmica, el origen cósmico de la vida y del hombre, las estrellas como origen y destino de la humanidad, lo que conduce a “unir el Final con el Principio.” Esto, a través de un círculo virtuoso que relaciona lo terrenal con el cosmos de manera única e inseparable, que exige y propone, en especial a los arquitectos, otra visión y forma de comprender y abordar la arquitectura y la vida misma con el propósito de transformar la realidad egocéntrica que prevalece en la política, la educación y los negocios inmobiliarios en la actualidad, en una verdadera arquitectura para la vida.

El libro: Una arquitectura con alma de Pepín, define con precisión —a través del tiempo imaginado o Paraíso terrenal, el conocimiento, la decadencia, la concienciación y el destino de la casa humana—, la relación inseparable que existe entre el Cosmos y la Tierra, la Naturaleza y la Arquitectura, la Vida y el ser humano, el Homus y el Cosmos. Finalmente, de los textos invitados en este libro, resalto lo dicho por Gastón Bachelard: “Relacionando el sentido del espacio con la estructura del alma, consideramos su similitud con una casa. Su piso superior ha sido construido en el siglo XX, la planta baja data del XVI y un examen minucioso de la construcción demuestra que se erigió sobre una torre del siglo II. En los sótanos descubrimos cimientos romanos, y debajo de éstos se encuentra una gruta llena de escombros sobre cuyo suelo descubrimos herramientas de sílex en la capa superior, y en las capas más profundas restos de la fauna glaciar. Esta sería, más o menos, la estructura de nuestra alma.”

Una arquitectura del alma es un texto obligado para quienes perciben la necesidad de continuar reflexionando sobre este tema de vital interés para los habitantes de cualquier ciudad, en especial, para los profesores y arquitectos en formación.

Sobre el ADN de la arquitectura

Por Nidia F. Martínez
Estudiante de Diseño Arquitectónico V (séptimo semestre).
Escuela de Arquitectura. ITESO.

 

El libro ADN de la arquitectura de Juan Lanzagorta Vallín, a pesar de su corta extensión, aborda temas bastante amplios y complejos sobre la arquitectura, a través de utilizar una forma simple de redacción que facilita su comprensión.

Al ser escrito por un arquitecto que a su vez imparte la clase de diseño a estudiantes de arquitectura, observa y explica el problema arquitectónico de una manera diferente a la que entiende mi generación, preocupada más por las formas que por el contenido: muchas veces nos dejamos llevar simplemente por las fachadas, por el diseño del edificio, los materiales, en sí por lo superficial; y es ahí cuando olvidamos que en la arquitectura no solo se trata de generar espacios “bonitos” sino de generar espacios funcionales, útiles y viables, que permitan un desarrollo o convivencia sana y placentera a los usuarios, y que a su vez sean éticos y estéticos.

De este libro, considero interesante también el capítulo referente al “espacio”, pues este concepto es el que diferencia a la arquitectura del Arte (con mayúsculas). Esto me remonta al tiempo en que ingresé a la carrera con una percepción parcial sobre la arquitectura, pues la concebía como un Arte. Sin embargo, a través de mis estudios y el ADN de la arquitectura, he podido percibir que el arquitecto es en realidad el encargado de generar espacios habitables que son, entre otras cosas, los que hacen la diferencia entre la arquitectura y el arte.

Una persona capaz de generar una escultura es un artista, pero alguien capaz de generar un espacio habitable que a su vez sea estético, es un arquitecto.

La parte del libro que más me interesó es la que habla sobre la trilogía propuesta por el autor: función, forma y belleza. De cómo estos términos son indivisibles y se complementan entre sí, en toda obra arquitectónica, con diferentes intensidades:

  • Función: generar relaciones y entornos saludables para el hombre dentro de una comunidad, resolviendo con eficacia cada uno de los espacios que lo integran. Un espacio funcional ayuda a la salud mental, economía y disfrute de los usuarios del espacio ya que tiene que ver no solo con el objeto en sí, sino también con el contexto que lo rodean.
  • Forma: es la capacidad de comunicación de los edificios que está definida muchas veces por el reflejo del poder económico, político, religioso o social. Es importante saber que la forma pierde sentido si se encuentra desencajada de la función y del contexto sociocultural que la fundamentan. La validez de la forma radica en la calidad del mensaje y la comunicación que el edificio logra con sus habitantes y la comunidad misma.
  • Belleza: es algo subjetivo y por lo tanto difícil de comprender ya que depende de las emociones de las personas, ya que cada quien percibe una belleza diferente. Sin embargo, estamos claros que para la mayoría de las personas, algo bello es algo agradable o que genera una reacción positiva en las personas.

Por último, Lanzagorta menciona la necesidad de recordar la importancia de la ética dentro de nuestra profesión. Saber para que será utilizado el espacio que crearemos, estar consientes del contexto y la función  que tendrá el edificio, así como de las consecuencias que traerá para los usuarios y la sociedad en la que se edifique.