Señalética en Zapopan y anuncio en la Basílica. Imágenes: JLV, 2004.
Por Rodolfo Encarnación
Académico del ITESO
El objetivo de esta visita extraordinaria al Centro Histórico de Zapopan nos permite (a los profesores) proveer a los alumnos de una serie de apreciaciones y precisiones que éstos registran desde su propia perspectiva permitiéndoles, en base a esta experiencia, establecer los grados de sensibilidad y concienciación necesarios para sus futuras propuestas y proyectos.
Durante el trayecto y mientras caminábamos, fueron señalándose las características del entorno: la oportunidad de espacios desaprovechados, la diversidad de texturas y colores, las fachadas (algunas con mejor mantenimiento que otras), el uso del suelo, las áreas jardinadas y especialmente las diversas actividades de sus moradores. El arquitecto Petersen, vecino del lugar, describió, de manera amena, cómo algunos personajes daban o dieron vida a la colonia ofreciendo sus mercaderías cotidianas. En el lugar, existen casas con generosos terrenos y se vive tranquilamente en un entorno arbolado y de calles empedradas, lo cual tiene dos ventajas: por un lado reduce de manera natural el tráfico y la velocidad de los vehículos y, en otro sentido, permite la recarga de los mantos acuíferos en la época de lluvias sin pasar por alto la temperatura ambiental.
En relación a la señalética y anuncios publicitarios constatamos que no se tiene una norma que permita establecer orden y buen criterio para la instalación de los mismos. Existe no sólo aquí, sino en general, una anarquía y contaminación visual, producto del oportunismo y escasa o nula cultura del diseño.
La señalización vial en la zona —una práctica tan empírica en el fondo y tan redundante en la forma y la técnica de su utilización— ha evolucionado más tarde con la aplicación del principio de señalizar, atendiendo necesidades menos genéricas y más particulares de información instantánea. La proliferación de la movilidad social, de los servicios públicos y privados, y del sistema de consumo de libre concurrencia, llevaron el principio de señalizar a desarrollar programas para necesidades específicas que son el objeto de la señalética.
La movilidad social no se manifiesta solamente en las autopistas; la complejidad de la vida contemporánea no está presente exclusivamente en la circulación rodada y peatonal. Es la misma organización social, con sus instituciones, sus comercios y con la cantidad y variedad de servicios que ofrece, la que interpone una serie de «escenarios» sucesivos en la trama de la vida cotidiana, que los individuos están obligados a atravesar, a circular en ellos y realizar acciones y operaciones diversas, no siempre sencillas.
Así nace, por necesidad, una serie más evolucionada de sistemas de información y orientación en el espacio y en las cosas: la señalética. Estas necesidades son las que definen su naturaleza, sus características y sus funciones, las cuales se analizan tomando como referencia su práctica antecesora: la señalización vial. El paso de la señalización a la señalética, así como cada uno de sus dominios, es de hecho un fenómeno de la complejidad social —en su sentido más literal— y de la comunicación de informaciones, la cual deviene una necesidad cada vez más importante y, precisamente por eso, demanda soluciones de más en más sofisticadas.
Señalizar es poner señales improvisadas o prefabricadas al espacio o cosas, partiendo de situaciones conocidas a priori. Señalética es un lenguaje desarrollado de signos específicos y, a la vez, el conjunto de criterios para su concepción y aplicaciones cuya característica principal es la adaptación a problemáticas precisas, siempre relativamente diferentes. Si bien el sistema señalético se funda en la señalización (marítima, ferroviaria y vial sobre todo), la extiende y la adapta a muchos otros dominios, universalizándola.
Al contrario de la señalización, la señalética se ocupa de programas específicos para problemas particulares. El diseñador señalético, ¿va a hacer todos los centros comerciales iguales, todos los aeropuertos iguales, todos los bancos iguales de la misma manera que todas las señalizaciones viarias son iguales con independencia de cual sea su entorno? Si cada arquitectura crea un entorno propio (comparemos el aeropuerto de los Ángeles y el de la Ciudad de México) y se impone con una personalidad particular, ¿la simbología señalética debe discurrir al margen de esta personalidad por imperativos normativos o debe integrarse y formar parte de esta personalidad arquitectónica y ambiental? Como podrá verse, la respuesta no es simple y debe buscarse en las principales premisas de la señalética. La señalética debe identificar unos determinados lugares y servicios (primero externamente, y luego al interior) y facilitar su localización en el espacio arquitectónico, urbanístico, etcétera. Esta información debe permanecer abierta a las motivaciones y necesidades de los usuarios a cada instante. En todo caso, debe dejarlo en libertad de decidir utilizar o no estos servicios, cuáles y en que orden, ya que serán los de sus propias preferencias o urgencias. Cada lugar tiene una morfología o una arquitectura determinada, casi siempre preexistente al proyecto señalético o que ha sido concebida, en la gran mayoría de los casos, con independencia de la futura aplicación señalética. El problema se origina a causa de la división de las tareas (todavía el modelo taylorista) divididas en estapas, en las que la obra arquitectónica corresponde a la primera; la intervención del ingeniero y el ergonomista en la organización a la segunda fase y, a la tercera, al final, el diseñador señalético entra en escena. Esta escisión del conjunto en partes separadas es una de las primeras causas de desorden.
Por supuesto que al existir una estructura arquitectónica determinada en la mayor parte de los casos (casas antiguas), existe una notable distancia temporal entre la construcción del edificio o del conjunto y su adaptación a un servicio abierto al público. Readaptar un espacio a unos fines muy diferentes, constituye un problema serio no sólo por lo que se refiere al acondicionamiento y la organización de los servicios y el trabajo, sino porque la estructura morfológica del espacio expresa otra cosa muy distinta de lo que deberá expresar la información señalética que en él se ubica. Todas estas situaciones comportan en si mismas una notable ambigüedad para el usuario circunstancial y si la señalética no incorpora otra lectura del espacio de acción, otros datos de conocimiento, sería absolutamente difícil e incluso imposible desenvolverse en él.
Sintetizando los aspectos implícitos, señalaré que la adaptación de la señalética al medio, que es una premisa fundamental de esta disciplina y uno de los principales factores diferenciales por relación a la señalización, se diversifica en una serie de constreñimientos: el espacio, en el sentido más general del término; el espacio total y los espacios parciales en que éste se subdivide; la morfología arquitectónica o del entorno;la organización del espacio en función de los servicios que se prestan al público; las distancias de visión de los paneles señaléticos, que determinan su tamaño y contraste; la iluminación ambiente: luz natural y/o artificial, o ambas a la vez, y la imagen de marca del espacio objeto de tratamiento señalético. Por lo que se refiere a las premisas propias del sistema señalético, consideremos que la principal es la economía generalizada, en el sentido de la máxima simplicidad, tanto en el lenguaje señalético como en el número de paneles y los sistemas de técnicos de construcción y montaje.
En relación con el lenguaje señalético, es esencial la adecuada adaptación de los recursos informacionales a sus capacidades expresivas. Ciertos tipos de información requieren el código lingüistico, mientras otros transmiten con mayor eficacia por medio del código icónico. Ambos pueden reforzarse a su vez con el código cromático.
Finalmente, debe tenerse presente la existencia de unas normas internacionales precisas, que constituyen una parte importante del lenguaje señalético gracias a la extensión geográfica de su implantación y que, por eso mismo, deben ser respetadas.
(Izq.): Rodolfo Encarnación y Carlos Petersen asesorando
a los estudiantes del taller Cinco del ITESO.
Imagen: JLV, 2004.
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