Puerta de Hierro. Guadalajara. © JLV, 2010.
Por Rafael Barajas
26/Marzo/2012
En las ciudades no se vive en un espacio neutro, fijo y delimitado por fronteras determinadas. Vivimos, amamos, invadimos, salimos y entramos en un ambiente que se recorta con nuestras acciones y aspiraciones, y se amplía con las inversiones y plusvalías. Como un sistema entran en juego los ciclos de la producción: producimos, distribuimos, intercambiamos y consumimos en tiempos distintos según el poder adquisitivo, según los intereses de consumo, por lo que nos distribuimos en la región urbana de diferentes formas y tiempos.
Estamos en un lugar donde suceden las cosas de facto en las ilusiones. Asumimos identidades y con ellas rivalidades. Hay huecos, relieves sociales, políticos, zonas duras y otras pulverizables; se sube o se baja en la distribución social y con ello se redistribuye la población en la sociedad y en el territorio. Según nuestras aspiraciones, miedos, amenazas y privacidades. Zonas penetrables andadores de paso; trenes, metro, tren ligero, transporte colectivo en diferentes formas y métodos; y con ello velocidades distintas, vulnerabilidades y resguardos, zonas de reposo y de profunda actividad económica y social, permanentes e intermitentes.
Hay espacios míticos y reales. Espacios en heterotopias, espacios diferentes. Las utopías no tienen un lugar realmente, son áreas rodeadas de vacíos, enclavadas de supuestos míticos, lugares donde los individuos desvían su actuación de la media social, o de la norma establecida.
Las prisiones, los asilos, los orfanatos, etc., que incluyen individuos, que se consideran fuera del sistema convencional.
La distribución de estos individuos se encuentra en razón y sujeta a relaciones de poder, de capacidad, de recursos y hasta de intereses del capital urbano (plusvalías, movilidad financiera, mercancías y su distribución, etc.). El espacio del mundo contemporáneo es por excelencia un espacio heterogéneo.
No vivimos en un vacío en donde solamente se encuentran individuos y cosas; estamos en un sistema de redes de interacción y relaciones que definen lugares, que son irreductibles unas a otras y absolutamente imposibles de superponer unas con otras.
El concepto heterotopia, como un espacio heterogéneo de lugares y relaciones dentro de la gran red global, se caracteriza en el territorio capitalista. De un capitalismo en su fase superior: neo imperialismo.
En donde la presencia de las industrias monopólicas genera una presencia que supera cualquier cantidad de pequeñas y medianas empresas.
Esto, desde la filosofía de Michel Foucault, es el registro histórico de la manera en que las cosas se vuelven problemas. Es decir desde que se ha desbalanceado el libre mercado y forjado una historicidad de la generación de los monopolios y definido un desarrollo desigual y combinado; en donde unos crecen a costa del deterioro de otros.
Mucho más allá de la ilusión de cualquier planeación o previsión a futuro, nos hace vivir debajo del lenguaje de la razón.
¿Hacia donde nos llevará esa condición de enfrentamiento por debajo del lenguaje de la razón?
Una interrogante que no sigue a la razón en su devenir horizontal sino que buscará volver a trazar en el tiempo esa verticalidad constante a lo largo de la cultura occidental, a lo largo de la cultura industrial y su correlato urbano; midiendo su propia desmesura. La urbanopatía de los ciudadanos.
El grito del urbanopatía que solo es escuchado desde su mundo y resuena en su propia esfera, como un eco en monólogo, inaccesible por el filtrado de la razón, solo del saber constituido.
La ciudad contemporánea se ha vuelto un lugar, de la fiesta de la locura, que solamente dialoga con su propia proyección de desarrollo industrial en un inicio, y ahora en un modelo de redes de sistemas complejos de producción y de consumo que nos distribuye a los ciudadanos, según nuestra capacidad de inserción, en el sistema complejo de comunicación e interacción social. Una gran fiesta o misa satánica de consumo sensorial, tarde, mañana y noche. Profunda búsqueda de saber y experimentar en el mundo inmediato y su goce satánico. Dejando, entre sus pliegues oscuros, la idea de muerte. Nos hace sentirnos inmortales ante tanta diversidad y el hastío del aburrimiento dejado al quedar fuera del sistema primeramente. Efectos de una subsunción real y formal de la vida, inmersa en el sistema de poder, sistema de globalización, que juega con la invasión del mundo que sus patrones pregonan desde su personal coto de dominio. Como shamanes cibernéticos, de la comunicación de los medios masivos de información, como una banca ideológica que maneja divisas de la globalización.
En Henri Lefebvre lo mismo que en Foucault, al definir la espacialidad capitalista como una geografía fragmentada y jerarquizada pero que tiende hacia la homogenización. Es la supervivencia del capitalismo a la producción de espacios mistificados donde la realidad se oculta tras velos de ilusión e ideológicos.
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